Una mujer sencilla que vive la vida sencillamente, no se me ocurre ninguna otra definición, pues nunca he hecho ni me ha sucedido ninguna cosa extraordinaria.

Nací en Sevilla; pero casi enseguida mis padres me llevaron a un pueblo del Aljarafe. Tuve cuatro hermanos, y nuestra casa, que era grande y blanca, estaba rodeada de árboles y huertas.
Aquéllos fueron tiempos difíciles, los que siguieron a la guerra civil, por eso mis amigos más íntimos, que eran los hijos de los campesinos, dormían en el suelo, sobre un colchón relleno de hojas de maíz, y no tenían zapatos ni mucho menos juguetes.

Yo nunca padecí su pobreza; pero sentía lo injusto y absurdo de ella, y eso es algo que no he podido ni querido olvidar.

Por suerte para los niños del campo existían los árboles, los arroyos, los animales y los juegos.
Jugando se olvidaba la miseria: subidos en los árboles podíamos ser “tarzanes”, aunque a mí casi siempre me tocaba ser Chita. En los arroyos, con trocitos de ramas jugábamos a guerras de piratas.
Y además estaban los animales: las gallinas, las palomas, las vacas, los cerdos, las ovejas, los caballos, los burros…Sin saberlo, se convertían en seres peligrosos que venían a atacarnos… Por último teníamos a los perros. ¡Dios mío, qué fieles compañeros eran…!, y cómo se divertían persiguiéndonos…